Pasado mediados de 1884 llega a Rosario un artista, cuya estrategia publicitaria era muy parecida a la de los grandes magos de la época.
Enrique Moya fue un mago español que recorrió América del Sur y presentó su espectáculo en Rosario varias veces.
Dos días antes del debut en el Teatro Opera de Rosario, Moya se hizo presente en varios lugares, para conseguir buena prensa y publicidad gratis.
Uno de ellos fue el Club Social, lugar de reunión de la élite de la ciudad, donde el mago desplegó sus habilidades ante un buen número de socios.
Moya en el Mercado Sud
Especie de mercado turco, el Mercado Sud era un espacio donde decenas de puesteros de todo tipo y actividad, ofrecían su mercancía. Acudía allí toda una multitud de personas para realizar sus compras.
El sábado 19 de julio, Moya publicitó su presencia en aquel sitio, debido a lo cual un gentío se arremolinó en torno al mago.
La visita a primera hora de la mañana, quedó registrada en los periódicos.
“En la mañana de ayer, el prestidigitador señor Moya, hizo una visita al Mercado Sud, y desde que entró empezó a llamar la atención.
Pocos pasos había dado, cuando acercándose a una persona que allí estaba parada, le rozó el brazo y encarándose con ella le preguntó:
- ¿Dígame señor, que hora tiene?
- El individuo echó mano a su reloj, pero sorprendiéndose de no encontrarlo en su bolsillo y pálido de cólera le contesta:
- Ud. me ha robado el reloj...
- ¿Yo señor? (dice Moya). Perdone, Ud. se equivoca.
- Sí señor; Ud. es un ladrón.
Y en ese momento, se había reunido un numeroso grupo atraído por las voces de ambos.
Unos decían: es un caballero; otros: que lástima, y tan buena figura que tiene.
En el acto se apareció un oficial del piquete (policía), y dirigiéndose a Moya le dijo:
- Bueno señor, es necesario registrarlo a ver si tiene el reloj.
- A mí no me registra nadie, gritó Moya, yo soy honrado.
- Sí, todos somos honrados, pero un reloj ha desaparecido y el dueño dice que Ud. se lo ha robado.
El grupo se hacía más numeroso, vino el comisario, y todos rodeaban a Moya para que no se escapara.
A ese tiempo, pasa cerca de él un muchacho con una canasta con verduras, carne y pescado, y Moya de un salto le arrebata un pejerrey y dice a los del grupo:
- Ven señores, yo no tengo culpa en este hurto, y partiendo el pescado, sacó del vientre el reloj con la cadena, entregándosela a su dueño.
Un ¡bravo! unánime resonó, y Moya se retiró satisfecho, yendo a otro extremo y haciendo otras suertes.”
Periódico La Capital, domingo 20 de julio de 1884.
Al igual que Herrmann, Moya y otros tantos magos, apelaban a aquel recurso, que tanta publicidad favorable le significaba en el boca a boca.
El Teatro Opera (ex Teatro Litoral), había sido inaugurado con ese nuevo nombre en 1879. Sus luminarias, brazos de bronce con 3 luces cada una, iluminaban “a giorno” las instalaciones, y fue en ese lugar donde tres días después, debutaba el español ante un público numeroso.
Aunque no se publicó el programa en los periódicos, un comentario del cronista de espectáculos, apuntaba que su presentación se componía de 12 suertes de efecto y bonitas combinaciones.
Algunas de las pruebas que obtuvieron gran éxito por la limpieza de Moya fueron:
* El paso del negro
* Aparecerá en su bolsillo
* El gran escamoteo
* El huevo chino
Con una concurrencia satisfecha, Moya demostraba que era un prestidigitador notable.
Una crónica en la cual se hacía mención a magos mundialmente famosos que pasaron por Rosario, hacía referencia y comparaciones acerca de la destreza de Enrique Moya,
“...Muchos prestidigitadores han llegado hasta el Rosario, y también han demostrado sus habilidades y sorprendentes suertes de escamoteo: Castiglione, Canonge, Alex Herrmann, y el viejo Carl Herrmann (hermano del anterior) el mejor de los prestidigitadores del mundo, como ha sido proclamado en todas partes.
Pero el público debe saber que la mayor parte de esos mágicos, han trabajado con mesas preparadas, con cubiletes perforados, o aparatos de doble fondo para esconder los objetos que escamoteaban, y que el público no sabía donde habían ido a parar.
Los que hemos visto a Moya, podemos juzgar de sus méritos artísticos.
Solo, sin ningún ayudante, con el proscenio limpio, y los aparatos sin engaño, Moya hace sus trabajos con sorprendente limpieza, y como prestidigitador, puede ponerse a la par o más arriba de los nombrados...”
Temeraria afirmación la del periodista.
Varios de los mencionados (con la excepción de Alexander Herrmann), basaban sus espectáculos en pura manipulación y destreza manual, por lo cual difícilmente podía aplicarse lo aseverado respecto de mesas preparadas o aparatos de doble fondo.
Pocas líneas se le han brindado a Moya en los tratados de historia de la magia.
Sea cual hubiera sido la calidad de Moya, los comentarios le resultaron sumamente favorables.
En algunas oportunidades, y a pedido del público, el prestidigitador tomaba la guitarra y ejecutaba algunas piezas musicales que eran muy apreciadas.
Moya favoreció con su obra filantrópica una función que realizó en beneficio de la Sociedad Protectora de los niños desvalidos.
El retorno
Después de 6 años, en 1890, Moya volvió a Rosario, esta vez al Teatro Olimpo ubicado en calle Mitre, casi esquina Urquiza.
Como en su anterior visita, y previo al debut en el teatro, realizó alguna de sus suertes en reuniones sociales de distinguidas familias, y petit soirées a las cuales fue invitado, lo cual permitió que todas las localidades fueran vendidas con días de anticipación.
Enrique realizó una modificación poco común entre los prestidigitadores de la época: su innovación consistió, en presentarse con las mangas del frac remangadas arriba del codo, de manera que el público podía observar que en las mangas nada había oculto.
Todo era habilidad, Moya hacía aparecer de la nada, objetos escamoteados de cualquier prenda de los espectadores.
Remataban las crónicas:
“… siendo la conclusión mas que clara: “¡Moya ilusiona con sus suertes!, y ése es el mejor elogio que se le puede brindar a un prestidigitador.”
Moya en Sudamérica
Dos años más tarde, el español se presentó en Chile, Uruguay y Brasil.
Carlos Da Costa Britos, mago y escritor brasilero, afirmaba que Moya era el único mago que trabajaba sin los recursos de aparatos, y que todo lo realizaba a manos desnudas, asegurando que era discípulo del célebre Prof. Dr. Carl Herrmann.
En 1896 instaló en Río de Janeiro, la primera sala permanente de cine en Brasil, o sea poco tiempo después que los hermanos Lumiére realizaran el lanzamiento del cine en París.
Mi reconocimiento al recordado amigo Enio Finochi de Brasil, quien me suministró los datos de Moya en su país.
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03 septiembre 2014
27 abril 2014
El arte del Transformismo
Probablemente en teatro, el arte de cambiar de un personaje a otro incluido el vestuario en el menor tiempo posible, nació de la necesidad de los espectáculos ambulantes presentados en las ferias antes del siglo XIX.
En ocasiones, la cantidad de personajes de una obra excedía al número de componentes de la compañía, debido a lo cual, un actor debía representar más de un rol. Esa era la manera como se completaba el elenco.
Hay antecedentes muy antiguos sobre el tema; en un escrito del siglo XIX, se critica a uno de los actores por haberse ocultado en forma burda detrás de una mesa para realizar un cambio de personaje.
Fue sin duda el italiano Leopoldo Frégoli, el que le dio al transformismo una dimensión diferenciada.
El arte ya no solo pasaba por las transformaciones, sino que se potenciaba con la actuación, los cambios de voces, e incluso por el uso de la ventriloquía.
La admiración del público convertía a Frégoli en algo así como un hacedor de milagros, porque pasaba en cuestión de segundos de ser un cardenal sumamente grave y formal con extremado lujo en su vestimenta, para transformarse en una diva de music-hall con traje escotado y sensual, con el humor de una artista de vodevil, y entonando una canción. Súbitamente, y en forma imprevista aparecía un general que estaba en guerra.
Era el italiano un estudioso de los personajes que representaba.
En muchas oportunidades Frégoli visitó Rosario.
En 1902, en el Teatro Olimpo se lo anunciaba como transformista, cantante, ventríloco, músico y prestidigitador. Eran 60 personajes en escena cada noche, que significaban 100 transformaciones, y era acompañado por una orquesta compuesta por 36 profesores.
Representó en nuestra ciudad, entre otros números El Maestro de canto, Camaleonte, La abeja, la comedia en un acto De tiros largos, L’Ape, Notte d’amore, La victoria del general, La Gran Vía, y Paris Concert también llamado Eldorado. Innumerables personajes, pero un solo intérprete.
En 1902, comentaba el periódico local La Capital, “Ningún artista dramático ni lirico ha ganado tanto como él en espacio tan breve; ninguno ha popularizado tanto su nombre, ni ha dado un carácter tan alto de fama al espectáculo.”
En “El Camarero Relámpago”, la escena transcurría en un restaurant, Frégoli en su papel de mozo de café, corría de una parte a otra del escenario, repitiendo continuamente ¡Vengo súbito!, ante el reclame de los clientes. De pronto pasando por detrás de un bastidor, cambiaba la voz y bajo la personalidad de un bohemio cliente, solicitaba ser servido. Apenas el cliente se dirigía a un gabinete interior, el artista reaparecía en el papel de camarero sin interrupciones en la escena, con un vértigo casi imposible de imaginar. Aparecía y desparecía representando distintos caracteres: el mozo, clientes varios, camareras, un cocinero, y hasta un policía.
Recurría a su habilidad de ventríloco para el desfile inacabable de sus notables creaciones.
En “Do – Re – Mi – Fa”, también llamada “El Maestro de Canto”, interactuaban maestro y estudiante en una lección de música, lo que suscitaba en el público un clamoroso entusiasmo.
“Eldorado”, otra rutina, comenzaba con un empresario que no tenía dinero para pagar intérpretes, y continuaba con una cancionista que protestaba contra el incumplimiento de contrato, un barítono, un clown inglés, una soprano, y varios más. Era un desfile de 15 personajes de café concert, que culminaba con las imitaciones de varios músicos famosos entre ellos Verdi, Wagner, Puccini, y Mascagni.
Las transformaciones de Frégoli y su metodos de cambio de vestuario, se pueden apreciar en algunas breves escenas.
Gran Varietá es una película italiana de 1954 que trata sobre espectáculos de variedades. En uno de sus episodios puede verse al actor Alberto Sordi, interpretando a Frégoli, donde tambien aparece uno de los grandes de la escena italiana: Vittorio de Sica.
El trailer de Gran Varietá, muestra lo que era el teatro de variedades en su época de apogeo.
Sobre comienzos de 1900, muchos se preguntaban porque había tan pocos cultores de ese arte. La respuesta era simple: el secreto era conocido solo por muy pocos.
Algunos artistas con poco conocimiento de este tipo de arte, trataban de presentar el acto, pero fracasaban rotundamente, porque demoraban tanto en los cambios, que el público terminaba bostezando mientras esperaba la transformación.
Referido a Argentina, y más específicamente a Rosario, muchos transformistas pasaron por aquí, algunos más renombrados, otros casi desconocidos, pero no significa que menos buenos.
En 1897, un personaje del ambiente circense Don Pablo Raffetto, que era conocido también como el “40 onzas”, en las instalaciones de su circo en Rosario ubicado en lo que hoy es pleno centro – calle Entre Ríos y Santa Fe-, anunciaba la presencia de uno de los tantos imitadores de Frégoli, el barítono José Giunto, quien realizaba una prolongada gira por América del Sur.
El español Rafael Arcos hijo, con una excelente voz de falsete, presentó muchos espectáculos en nuestra ciudad en distintos teatros y durante varios años, no solo en su faz de transformista, sino también como cantante y recitando monólogos. Arcos repetía no solo las rutinas, sino que también copiaba los nombres de los actos de Frégoli, tal el caso de Do Re Mi Fa, o La lección de música, aquel dueto de contralto y bajo con canto simultáneo, o el Camaleonte, y El camarero relámpago.
En el Teatro Olimpo actuó Aldó, otro artista que imitaba a Frégoli con sus duetos para soprano y barítono, escenas de ventriloquía, y repitiendo los mismos nombres de los actos.
Otro transformista, Robert Bertín, interpretaba papeles femeninos a la perfección.
Decía el diario La Capital: “... nada en su fisonomía, ni en su cuerpo, ni en su voz, revelan al hombre. Cambia de vis cómica con una rapidez vertiginosa, y tan pronto es una bellísima joven cuya coqueta sonrisa y su mirada intensa trastorna al espectador, como es una vieja, y no hay duda que es una octogenaria con todos los achaques de la ancianidad. Luego pasa a su rol de transformista hombre, y de aquellas mujeres no queda ni la más ligera señal, ni una reminiscencia de su anterior identidad”.
Las noticias de aquella época llegadas desde Montevideo, también observaban acerca de la curiosidad que provocaba respecto al sexo: varón?, mujer?, ambas cosas a la vez ?.
Sin embargo los que lo conocían y trataban de cerca, no tomaban en serio las sospechas mencionadas. Apuntaban en sus dichos: “nada de hembra, nada de afeminado existe en el sagaz transformista. Todo es obra de su observación, de su estudio de las personalidades humanas".
Bertín, de origen francés, usaba la ventriloquia y era un tirador excelente, habilidad a la cual recurría cuando caracterizaba en forma admirable la tiradora de rifle mejicana Clotilde Alegría.
Por último, no se puede dejar de mencionar a la italiana Fátima Miris, llamada la Reina del transformismo.
Se presentó en Rosario siendo muy joven, con solo 22 años de edad, y actuó en el Teatro Colón ya desaparecido.
En su acto Una festa a Tokio, realizaba 105 transformaciones, y era muy festejada su rutina de La Geisha. Los críticos destacaban su habilidad de caracterización de personajes masculinos, su seguridad y perfección en la imitación de la voz del hombre, al igual que su coquetería en los roles femeninos.
Sumamente culta hablaba varios idiomas, y abandonó su cátedra de matemáticas para dedicarse por completo al arte. Su padre músico y matemático, dirigía la orquesta que la acompañaba en sus presentaciones, y su hermana virtuosa concertista de violín, también formaba parte de las giras.
Fátima actuó en mi ciudad durante muchas temporadas, al igual que Frégoli.
Hoy día, el término transformista se interpreta de otra manera, y en ocasiones, mal usado en mi opinión, se refiere a los artistas que realizan cambio rápido de vestuario.
Aquellos transformistas, exhibían habilidad para el cambio rápido de vestuario (aunque ocultos a la vista del público), pero por sobre todo, su valor agregado consistía en su actuación, sus imitaciones, sus delicadas variaciones y timbres en sus voces, y sus sutilezas en el estudio de la tipología humana.
En ocasiones, la cantidad de personajes de una obra excedía al número de componentes de la compañía, debido a lo cual, un actor debía representar más de un rol. Esa era la manera como se completaba el elenco.
Hay antecedentes muy antiguos sobre el tema; en un escrito del siglo XIX, se critica a uno de los actores por haberse ocultado en forma burda detrás de una mesa para realizar un cambio de personaje.
Fue sin duda el italiano Leopoldo Frégoli, el que le dio al transformismo una dimensión diferenciada.
El arte ya no solo pasaba por las transformaciones, sino que se potenciaba con la actuación, los cambios de voces, e incluso por el uso de la ventriloquía.
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| Leopoldo Frégoli |
Era el italiano un estudioso de los personajes que representaba.
En muchas oportunidades Frégoli visitó Rosario.
En 1902, en el Teatro Olimpo se lo anunciaba como transformista, cantante, ventríloco, músico y prestidigitador. Eran 60 personajes en escena cada noche, que significaban 100 transformaciones, y era acompañado por una orquesta compuesta por 36 profesores.
Representó en nuestra ciudad, entre otros números El Maestro de canto, Camaleonte, La abeja, la comedia en un acto De tiros largos, L’Ape, Notte d’amore, La victoria del general, La Gran Vía, y Paris Concert también llamado Eldorado. Innumerables personajes, pero un solo intérprete.
En 1902, comentaba el periódico local La Capital, “Ningún artista dramático ni lirico ha ganado tanto como él en espacio tan breve; ninguno ha popularizado tanto su nombre, ni ha dado un carácter tan alto de fama al espectáculo.”
En “El Camarero Relámpago”, la escena transcurría en un restaurant, Frégoli en su papel de mozo de café, corría de una parte a otra del escenario, repitiendo continuamente ¡Vengo súbito!, ante el reclame de los clientes. De pronto pasando por detrás de un bastidor, cambiaba la voz y bajo la personalidad de un bohemio cliente, solicitaba ser servido. Apenas el cliente se dirigía a un gabinete interior, el artista reaparecía en el papel de camarero sin interrupciones en la escena, con un vértigo casi imposible de imaginar. Aparecía y desparecía representando distintos caracteres: el mozo, clientes varios, camareras, un cocinero, y hasta un policía.
Recurría a su habilidad de ventríloco para el desfile inacabable de sus notables creaciones.
En “Do – Re – Mi – Fa”, también llamada “El Maestro de Canto”, interactuaban maestro y estudiante en una lección de música, lo que suscitaba en el público un clamoroso entusiasmo.
“Eldorado”, otra rutina, comenzaba con un empresario que no tenía dinero para pagar intérpretes, y continuaba con una cancionista que protestaba contra el incumplimiento de contrato, un barítono, un clown inglés, una soprano, y varios más. Era un desfile de 15 personajes de café concert, que culminaba con las imitaciones de varios músicos famosos entre ellos Verdi, Wagner, Puccini, y Mascagni.
Las transformaciones de Frégoli y su metodos de cambio de vestuario, se pueden apreciar en algunas breves escenas.
Gran Varietá es una película italiana de 1954 que trata sobre espectáculos de variedades. En uno de sus episodios puede verse al actor Alberto Sordi, interpretando a Frégoli, donde tambien aparece uno de los grandes de la escena italiana: Vittorio de Sica.
El trailer de Gran Varietá, muestra lo que era el teatro de variedades en su época de apogeo.
Sobre comienzos de 1900, muchos se preguntaban porque había tan pocos cultores de ese arte. La respuesta era simple: el secreto era conocido solo por muy pocos.
Algunos artistas con poco conocimiento de este tipo de arte, trataban de presentar el acto, pero fracasaban rotundamente, porque demoraban tanto en los cambios, que el público terminaba bostezando mientras esperaba la transformación.
Referido a Argentina, y más específicamente a Rosario, muchos transformistas pasaron por aquí, algunos más renombrados, otros casi desconocidos, pero no significa que menos buenos.
En 1897, un personaje del ambiente circense Don Pablo Raffetto, que era conocido también como el “40 onzas”, en las instalaciones de su circo en Rosario ubicado en lo que hoy es pleno centro – calle Entre Ríos y Santa Fe-, anunciaba la presencia de uno de los tantos imitadores de Frégoli, el barítono José Giunto, quien realizaba una prolongada gira por América del Sur.
El español Rafael Arcos hijo, con una excelente voz de falsete, presentó muchos espectáculos en nuestra ciudad en distintos teatros y durante varios años, no solo en su faz de transformista, sino también como cantante y recitando monólogos. Arcos repetía no solo las rutinas, sino que también copiaba los nombres de los actos de Frégoli, tal el caso de Do Re Mi Fa, o La lección de música, aquel dueto de contralto y bajo con canto simultáneo, o el Camaleonte, y El camarero relámpago.
En el Teatro Olimpo actuó Aldó, otro artista que imitaba a Frégoli con sus duetos para soprano y barítono, escenas de ventriloquía, y repitiendo los mismos nombres de los actos.
Otro transformista, Robert Bertín, interpretaba papeles femeninos a la perfección.
Decía el diario La Capital: “... nada en su fisonomía, ni en su cuerpo, ni en su voz, revelan al hombre. Cambia de vis cómica con una rapidez vertiginosa, y tan pronto es una bellísima joven cuya coqueta sonrisa y su mirada intensa trastorna al espectador, como es una vieja, y no hay duda que es una octogenaria con todos los achaques de la ancianidad. Luego pasa a su rol de transformista hombre, y de aquellas mujeres no queda ni la más ligera señal, ni una reminiscencia de su anterior identidad”.
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| Clotilde Alegría |
Sin embargo los que lo conocían y trataban de cerca, no tomaban en serio las sospechas mencionadas. Apuntaban en sus dichos: “nada de hembra, nada de afeminado existe en el sagaz transformista. Todo es obra de su observación, de su estudio de las personalidades humanas".
Bertín, de origen francés, usaba la ventriloquia y era un tirador excelente, habilidad a la cual recurría cuando caracterizaba en forma admirable la tiradora de rifle mejicana Clotilde Alegría.
Por último, no se puede dejar de mencionar a la italiana Fátima Miris, llamada la Reina del transformismo.
Se presentó en Rosario siendo muy joven, con solo 22 años de edad, y actuó en el Teatro Colón ya desaparecido. En su acto Una festa a Tokio, realizaba 105 transformaciones, y era muy festejada su rutina de La Geisha. Los críticos destacaban su habilidad de caracterización de personajes masculinos, su seguridad y perfección en la imitación de la voz del hombre, al igual que su coquetería en los roles femeninos.
Sumamente culta hablaba varios idiomas, y abandonó su cátedra de matemáticas para dedicarse por completo al arte. Su padre músico y matemático, dirigía la orquesta que la acompañaba en sus presentaciones, y su hermana virtuosa concertista de violín, también formaba parte de las giras.
Fátima actuó en mi ciudad durante muchas temporadas, al igual que Frégoli.
Hoy día, el término transformista se interpreta de otra manera, y en ocasiones, mal usado en mi opinión, se refiere a los artistas que realizan cambio rápido de vestuario.
Aquellos transformistas, exhibían habilidad para el cambio rápido de vestuario (aunque ocultos a la vista del público), pero por sobre todo, su valor agregado consistía en su actuación, sus imitaciones, sus delicadas variaciones y timbres en sus voces, y sus sutilezas en el estudio de la tipología humana.
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